viernes, 21 de enero de 2022

Brunch.

 

Ceniza en el café con leche. Tras los barrotes verdes y oxidados de la ventana del baño veo la luz. No metafóricamente, esa hace tiempo que se disipa y cuesta distinguirla. La luz del sol de invierno cayendo blanca tras las esquinas de mi casa. No quiero salir, creo. Me está dando tiempo para desenredar nudos, explicarme cosas a mí mismo, de por qué soy cómo soy. Estoy descubriendo el escondite de mis monstruos y no me dan tanto miedo, porque los entiendo. He deseado una veintena de veces poder salir y meterme de todo. He deseado drogarme y beber hasta morir. Me miro en el espejo y asumo que éste soy yo, y con estos mecanismos disfuncionales cargo. Es mi penitencia ¿Lo es?

Tengo derecho a: arrepentirme, equivocarme, darme cuenta de que no estaba preparado aun.

Me rapo mirándome a los ojos y por un momento pienso, quién es ese que está ahí. A veces disocio. No es algo que se termine de ir del todo por no tener tetas y sentirme guapo. Me miro y espero que a otros compis trans les pase lo mismo para poder compartirlo. No me quiero sentir solo en esto. Me miro y por un segundo de reloj creo que hay una persona disfrazada, soy capaz de verme detrás de la barba y pienso ¿a quién coño vas a engañar?. ¿Sigue siendo eso disforia? Qué manera sutil y despiadada tiene de hacerme empequeñecer y cómo es posible que siga existiendo, serpiente asquerosa, pensé que la habíamos matado. Pero ya ves, hay cosas que nunca dejan de impregnarnos el cráneo de oscuridad.

Ceniza en el café con leche. Sigo pensando en la imagen del espejo que me grita que estoy disfrazado y que hay alguien anterior y más poderosamente inseguro detrás de la barba que yo. Detrás de las cicatrices, a veces sigo viendo lo anterior. No claramente, no intensamente, es como una bruma desagradable que me recuerda que, para bien o para mal, estoy herido de por vida. Me miro y conecto con otras cosas a las que ando dando vueltas estos días. ¿Desde cuándo me bloqueo emocionalmente de esta manera? Es cosa del tipo del espejo, el de la barba. Es cosa de la testosterona o es que literalmente no puedo más. Literalmente, se me hace ingestionable sentir tanto. Le digo que me tengo que sentar a desgranar mis emociones porque me cuesta mucho. Lo que no le digo es que primero tengo que sentir algo. Estoy harto de esto, creo. De colocar una pieza y que mire al otro lado y solo vea montañas y montañas de piezas de puzzle, y a mí no me gustan los putos puzzles. Le digo, y no es mentira, que tiendo a filtrarlo todo como enfado y rabia. ¿Y si realmente es eso lo que me pasa? Y si no hay ninguna otra emoción más ahora mismo. Me miro en el espejo. Siento que soy una bomba de aproximación. Otra de relojería. Una mina. Que mi naturaleza duerme hasta que PUM, de pronto necesito destrozarlo todo. Y este monstruo es veterano ya. No le tengo miedo porque lo conozco bien. Pero es el hijo de puta más difícil de controlar. Se sube a mis hombros y empieza a respirarme ideas al oído: quiero drogarme, quiero llamar a mi hermano y pegarme una noche entera hablando y metiéndome coca con él. Quiero beber y dejar pasar los días de resaca. Quiero todo eso que odio y detesto. Suerte que estoy encerrado y que hay otras voces que me dicen otras cosas. Sería aun más fácil comunicando que me está pasando esto. Que estoy bloqueado y necesito descongestionar pero nada me sirve. Nada me funciona. Necesito llorar y sentir dolor ¿Dónde se consigue esto?

Ceniza en el café con leche. El sol entra naranja en casa, siento paz. No quiero irme, no quiero salir. Y tampoco quiero que absolutamente nadie entre. Nadie más. Eso dice mucho ahora mismo, supongo. Pienso en el chaplón, que debió ser difícil lidiar conmigo hace dos, tres años. Que discutir conmigo debía ser desgastante, exasperante. Me gustaría escribirle una carta o que me leyese el pensamiento y escuchase mis disculpas. Lo dejo por aquí escrito porque si un día, de casualidad... Quiero que sepas que te entiendo. No es fácil lidiar con la ansiedad del otro. Perdón por no haber parado cuando debí hacerlo. Perdón por hacerte cargar con mis inseguridades. Creo que ya estamos en paz. Nunca estuvimos en guerra. Siempre nos vamos a querer. Pero eres tan lejana que supongo que le hablo al recuerdo que tengo de ti.

Ceniza.

No estaba preparado. Me quise convencer porque yo también quería una mano sobre el lomo. Pero ya no quiero. Me cuesta pensar que no soy un caprichoso. Yo jamás amé con miedo. Jamás me planteé tirar la toalla, jamás contemplé el derecho a arrepentirse porque o todo o nada mijo. Y yo o amo o nada. Lo demás es yo engañándome. Yo cerrándole la puerta en las narices a mis monstruos. Yo replanteándome si la culpa de mis fracasos amorosos soy yo y nadie más que yo. Este que se mira en el espejo y sabe perfectamente lo que es amar. Y a quién no ha dejado de hacerlo. Y que no sabe si dejará de hacerlo. Pero que le da igual. Lo único que le importa es que, mírame, mírame bien, sigues amando otro lugar donde no estás ahora. Y digo lugar, porque son las costumbres, los colores, los sitios, las canciones. Ni el del espejo ni tú. No amas al deforme, no amas a la huidiza. Ahora si que deberías sentarte a desgranar, qué cojones es lo que amas tanto y que te cuesta tanto decir adiós. Esta frustración. Esta frustración no tiene nombre ni apellidos. Tiene pulpa y es una fruta. Lo sé porque cuando consiga vencerla seré aun más poderoso que hoy, que miré la disforia a la cara y le escribí dos párrafos aceptando que íbamos a tener que ser compañeros de viaje toda la puta vida.

Café con leche.

Cuando no sé que hacer, hablo. Abro la cremallera y dejo que entren. Y eso es cojonudo. Sentir que puedo ser vulnerable con algunas personas es respirar hondo en mitad del bosque y sentirme libre. Por eso estoy escribiendo esto. Porque sé que no estoy solo. Sé que me pueden entender. Y sé que tienen maneras de hacerme ver las cosas espectacularmente mejor que la mía, a veces. No sé. Rectifico una sola cosa de todo esto: sí quiero que entren a casa. Ustedes. Y que hagamos un desayuno largo o más conocido como Brunch.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Rata

Una rata corriendo en círculos,

una jaula llena de periódicos viejos,

agua para unos días,

moho creciendo en las paredes,

me afilo las uñas,

corro en círculos

dentro de una rueda de plástico

dentro de una habitación minúscula,

dentro de una casa enorme,

dentro de una calle sin salida.


Todo lo que sé es instinto,

lo sé porque a veces no funciona.


Corro dentro sin ir a ningún lugar.

Me canso y reposo mi aliento en

periódicos viejos y meados.

No voy a ningún lado pero sueño todos los días

con escapar.

Quizás me esté preparando para cuando

en un descuido

dejen la puerta de la jaula 

abierta.


Todo lo que sé.

No funciona.

sábado, 18 de abril de 2020

Los días azules

Los días azules son tuyos,
me los robaste el día del tornado,
el día de los besos ácidos,
besos fotovoltáicos,
besos de encierros voluntarios
de 48 horas.

El mar duerme tranquilo
como un gato enorme
respirando despacio,
profundo.
Las montañas se llenan de velos,
suenan campanas de boda,
nacen barcos en sus faldas,
el café anuda fuerte
los nervios a mis entrañas.

Desde entonces,
todos los días azules
son tuyos y nuestros,
lamiéndonos las pupilas
amargas,
contándonos nanas para no dormir,
esperando pacientes
a que se nos pasara
para hacer arder la piel
como fósforos
de llamas azules.

Las islas flotan como nenúfares,
escribimos haikus en el aire,
acumulo tu sudor,
azules los días de besos a escondidas,
tímidos,
excitantes,
de besos donde te agarro el culo,
donde todo se para
y puede una respiración tuya
ser más tornado
que el de aquella máquina
de hacer desastres naturales.

Últimamente
todos los días son azules,
y todos esos días son nuestros,
pacíficos y drogadictos,
de sexo a las 19:35,
de jugar a la intimidad sin conocernos,
de no tener ni puta idea de las consecuencias
de un amor azul
incandescente.

 Como el fuego.
Amor azul.

lunes, 6 de abril de 2020

Guerras



Nunca he vivido una guerra. 
Desde el sillón de mi casa, cómodamente, mientras presto atención a otras tres mil cosas a la vez, supongo que sí que las he vivido. O desde una mesa llena de comida caliente, mientras importan más las pequeñas desavenencias del día a día que, en un lugar del mundo la gente se esté matando. Literalmente. Donde no existen pequeñas cosas. Supongo que sí. 
Pero todos sabemos que no. 
Y sabiendo lo demagógico del asunto, casi prefiero vivirla ahora mismo, a tener que soportar un día más el bombardeo incesante de mi cerebro. 
Me estoy volviendo loco. Loco loco loco loco. Pero no tan loco como para no darme cuenta y no hay nada peor que ser conscientes de nuestro propio sufrimiento. Saber que tenemos todas las piezas para funcionar adecuadamente y aun así, no encontrar el momento ni el lugar para darle cuerda a la maquinaria y ponernos en marcha. 

Nunca he vivido una guerra. Tienes razón. 
Pero desde que tengo memoria lucho constantemente por sentirme libre en un lugar que no me corresponde. Malentendiendo las banderas blancas y los brazos tendidos en forma de ayuda. Cavando trincheras porque ya lo dije una vez, yo no sé querer; al menos no de la forma en la que la gente quiere. Y construyo trincheras porque están más cerca de los hoyos, y de los agujeros, y de los pozos en los que siento que caigo cuando algo no va bien. Y nada va bien ahora. 

Nunca he tenido que irme de mi tierra. 
Pero he echado de menos muchas cosas teniéndolas al alcance de mi mano. He levantado muros terriblemente infranqueables construidos de orgullo y pensamientos negativos. Y que yo nunca seré suficiente, y que la culpa la tienen los demás, y que la culpa solo la tengo yo, y que no me quieren. Al menos no como yo quiero que me quieran. Y que yo no sé querer, ni sé cómo quiero que me quieran. Y que nada es suficiente. Que ni para ti ni para mí nada será suficiente. Y qué no valgo nada. Y que tú en realidad deseabas que fuera de otra manera. Tú en realidad te arrepientes. 

Nunca he tenido que ocultarme durante meses en el sótano de nadie. 
Pero me he acostumbrado a ocultarme constantemente, hasta cuando me sentía a salvo, bajo esta ilusión de seguridad, la gente ha sido demasiado benevolente conmigo, podía haber acabado tan hundido, tan en la mierda. Bajo esta irrisoria autoestima dañada, construida mal, y reconstruida peor. Siempre transmito esa sensación engañosa. Es mi culpa y es mi problema. Algo estoy haciendo mal. 

Nunca pasé hambre. 
Pero por más que busco solo encuentro vacío entre mis tripas. Nada me llena. Todo es incertidumbre. Y cuando llegue allí, qué será lo próximo que me vaciará. De qué tamaño será el siguiente agujero negro. Por más que engulla, nada es suficiente para mí. Soy incapaz de ser feliz. Incapaz de hacer nada sin compararme. Sin necesitar aprobación. Sin sentirme ridículo constantemente. No sé cómo ser feliz. Me es muy fácil mantenerme abajo. Cavar aún más profundo el hoyo. A veces siento que llego al núcleo. Que puedo quemarme, pero sigo siendo capaz de gritar auxilio cuando le veo la cola al diablo. 
Nunca he visto a mi gente morir, 
no he perdido nada, 
lo he tenido siempre todo 
y aun así siento que mi cerebro es Palestina, Siria, Afganistán, Corea del Norte. 

Y las soluciones son bien limitadas: trinchera y muerte, huir y olvidar, esconderme y esperar. 
Y de ninguna de las opciones se sale impune. 
Siempre habrá algo que nos recuerde, 
que somos débiles, 
que somos prescindibles, 
que no merecemos lo que tenemos, 
que otra persona lo habría hecho mejor. 
Siempre habrá alguien que nos recuerde, 
que en cualquier guerra es todo un sálvese quien pueda. 
No quien quiera.

martes, 31 de marzo de 2020

Estrategias compensatorias.




Huele a muerto aquí dentro. 
Yo soy el muerto. 
Las paredes chorrean aburrimiento, 
mis sábanas detestan el roce de mi piel, 
yo me quisiera arrancar los huesos y doblarme 
hasta caber en el último cajón de ropa 
y olvidarme hasta la próxima primavera 
de que existo. 

Por más que me ducho 
no dejo de oler a muerte, 
celebro algunas casualidades terribles 
como si poder despedirnos de los nuestros 
fuera ya 
un 
privilegio. 

Estoy despierto dentro del ataúd 
más grande del cementerio, 
araño las paredes con ansiedad 
y desesperanza, 
consumo horas deseando 
no estar, 
celebro algunas casualidades terribles, 
tú tampoco estás aquí. 

Me siento solo, 
obligando a un cuerpo a hacer rutinas 
de reo 
sintiendo el peso del desastre en la laringe. 

Huelo a muerto, 
alguien me está chupando las ganas, 
alguien me ha impuesto esta depresión, 
no puedo soportarme 
si no hay nadie ahí 
que me sujete también. 

HUELE A MUERTO 

Quizás sean las ganas pudriéndose, 
la felicidad putrefacta, 
debajo de mi piel, 
que ya no es mía 
sino del tiempo. 

En cualquier caso, 
celebro la terrible casualidad 
de que no puedas contar 
lo triste que se volvió todo aquella 
primavera, 
en la que todos empezamos a oler a muerte 
para ahuyentar a los depredadores.

sábado, 21 de diciembre de 2019

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Si dejo que la tristeza me gane
me encontrarán hundido en la cama
dentro de un gran agujero
húmedo y oscuro,
maloliente,
circular.
Y mis manos abrazarán mis vértebras,
los pájaros se posarán en mis costillas,
los mirlos picotearán mis labios hasta
verlos madurar,
violetas y engangrenados,
harán de mí un banquete para las moscas.

Si dejo que me alcancen los recuerdos,
si los revivo desde la nostalgia
no habrá valle por el que no me quiera echar a volar.
¿Cuánto crees que pesa el esfuerzo diario
de no sentir absolutamente nada
cuando subes como náusea por mi tráquea?

El peso en el pecho cuando te pienso,
si dejo que me atrapen las ganas
no habrá velocidad del sonido que
soporte mis alaridos,
mi cara se desfigurará,
llegarán mis comisuras tan abajo
que me las pisaré al andar,
nacerán en mí huesos que no existen
solo para darle hogar a la tristeza,
las tripas de las que tan orgulloso estaba
se endurecerán
y los niños romperán farolas con ellas.

Si dejo que me alcances,
si me dejo agarrar,
si un día me parase,
no quedaría en la ciudad embalses suficientes
para contener el río en el que me has convertido.
Y ojalá poder llorarte,
ojalá sacarte de la carne y ver brotar la sangre
por fin,
pero soy un tipo egoísta y reservado,
si este es mi dolor
mío será.

Pero
si dejo que me alcances,
¿qué es lo que harás tú?
¿Llenarás de agua el agujero de mi cama?
¿Me convertirás en semilla?
¿Dejarás que me retuerza y me arquee
para columpiarte entre mis ramas?
¿Qué harás tú?
¿Traerás jaulas para atrapar los mirlos
que picotean de mi tristeza?

¿Qué harás tú
cuando me de igual
que todo esto me atrape?
Que aparezcas cuando ya solo queden huesos,
y todas las farolas se hayan roto
con las piedras de mis tripas,
y el mundo se vuelva tan oscuro
que solo te quede cerrar los ojos
y dejarte
llevar.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Memento Mori




¿Recuerdas qué pereza salir de mi habitación?
Aun me pregunto qué pensabas de mí
cuando me desenroscaba de tus piernas y tus brazos
y me iba a fumar y a beber café asomado a la ventana
y tus brazos y tus piernas me echaban tanto de menos
que te hacías bola encima del escritorio
y veíamos juntos
el mundo andar.
¿Recuerdas el primer beso?
¿Qué se hace con una obra de arte
que ya ha ganado todos los premios?
¿Recuerdas cuando las canciones hablaban de nosotros
hasta cuando se me olvidaba poner la radio?
Encima de tu vaquero más grueso,
mis ganas serpenteaban hasta que sonreías
gimiendo
no-puedo-más.

Qué tuvo que pasar para que tus no-puedo-más
ahora sean tan distintos.
La inercia de los días,
tan atractiva como siempre,
arrastrándome con sus cantos de sirena deforme.
La tristeza mal curada,
la pus en unas heridas que habían cicatrizado tan mal
que ni existían.
Podía haberlo hecho de otra manera,
me lo repito una
y otra vez.
Podría haber dado tiempo y espacio
a tus aullidos,
ser manada,
protegernos.

Podría haberte dicho que no me encontraba bien
cuando todavía quedaban márgenes suficientes para el error,
pero mis no-puedo-más son peligrosos,
explotan y envenenan,
desgarran la carne hasta el hueso, claro.

Llevo meses pensando en la muerte
como algo irremediable,
inevitable,
que dice Iván que es algo que no se puede cambiar,
me niego a pensar que tú y yo hayamos muerto también.

Creo que si pudiera hablar sobre lo que siento de verdad,
sin máscaras, sin mantas entre las que esconderme,
sin otras tías a las que follarme pensando en ti,
sin las manos en los ojos,
sin miedo a salir herido,
más aun, quiero decir.
Creo que si me lo pidieras
haría el esfuerzo de desmembrarme,
de paso por paso,
explicarte por qué tengo tanto miedo,
por qué soy incapaz de dejarme llevar,
por qué todo me parece mal.
Punto por punto,
te abriría mi cráneo,
y dejaría que hurgaras con tus diminutos dedos
y tejieras de tus pestañas a mis ojos
las lágrimas que me inundan
y nadie lo ve.
No pueden verlo.
Y yo me estoy ahogando.
Siento que me estoy quedando sin hueco,
que todo se vuelve húmedo y salado
y arden mis entrañas y
mis
no-puedo-más
lo van a llenar todo de mierda.

¿Recuerdas cuando todo parecía ir bien?
Era porque todo iba bien.
Y ya nos habíamos comido toda la miel
y éramos las moscas
y nos creíamos invencibles
a pesar de vivir solo
48 horas
enredados en la cama
tomando café
follando,
superando pérdidas,
acompañándonos en las malas
y en las buenas.

¿Recuerdas cuando todo parecía no importarnos?
Volvamos allí
y digámosles a esos dos gilipollas
que guarden miel para el invierno.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Forrest Gump



Corro rápido
para que la tristeza
no me alcance,
pero me canso rápido.

Hace frío polar,
y el vaho de mi boca es el único
que llena esta habitación.
Últimamente solo pienso
en que todos se marcharán
uno a uno
y dejarán a este inadaptado que soy yo
solo, solito, solo,
y ya no habrá más prórrogas,
ya no vendrás a salvarme
de mí,
no vendrás a ver cómo me destruyo
de cien mil maneras distintas,
como lo destrozo todo
a base de decisiones mal tomadas.

Corro rápido
para que no me alcances,
para que la velocidad
dibuje una sonrisa falsa
en mi cara,
para huir de lo que pienso
cuando te pienso.

Corro bastante más rápido que antes
pero me duelen los pies y las manos,
y estoy cansado de no tener a dónde ir.
Y es entonces cuando no tengo nada que hacer
y me acuerdo de tus pies apoyados en los míos
antes de dormir.
Y me acuerdo de tus diminutos dedos
acariciándome la nuca,
de cómo te agarrabas a mi brazo al andar,
pero también,
de cuando llorabas en mi coche,
de cuándo lo estropeé todo,
de cuando la calma era el preludio a
la tormenta que suponía no entendernos.

Corro rápido,
te lo prometo.
Cuesta arriba
lo más arriba que puedo.
Solo por si se diera la casualidad
y me vieras.
Mira qué alto
mira qué escaleras,
mira qué solo que estoy.

Corro rápido porque
no te quiero pensar más.
Y cuando apareces
rompo el móvil,
y sudo ríos.
Cuando apareces se me rompe
el corazón en tantos pedazos
que ya no tengo nada más
que puedas romper.

Y aun así,
corro porque dueles,
y si pudiera llorarte,
lo haría.
Pero no puedo.
Porque siento que
irme ha sido un alivio para ti,
porque tienes tiempo de sobra,
de nuevo,
porque ya no tendrás que ocuparte
de entenderme,
porque ya no te sentirás cansada
de no estar a la altura.

Y yo mientras,
mira qué escaleras,
ojalá pudiera alcanzarte.
Pero el secreto está
en que corriendo no se llega a ninguna parte.

Al menos no donde tú estás.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Notas de texto 23/11


Llevo horas imaginando maneras de morir.
Melodramáticas
Perturbadas
Egoístas maneras de morir
Y dejar todo pringado de sangre
Para el que venga detrás

Poéticas
Preciosas
Metafóricas maneras de morir
Pa que me recuerden sonriendo
Pa que lloren y se caguen en mi vida
Pa que sufran sin mí

Calculadas
Oscuras
Misteriosas maneras de morir
Pa irme de aquí siendo pregunta por una vez
Pa irme de aquí y dejarte pensando más allá de la tristeza
Pa que no sepas nunca por qué

Impulsivas
Meditadas
Inesperadas maneras de morir
Pa que no te lo esperes
Pa sembrar el rencor y que no me olvides en la vida
Pa que te sientas culpable

Llevo toda la tarde imaginando que me desangro
Y nadie puede acercarse sin resbalarse
Que me tiro al mar y agonizo
Y algo me roza y me muerde y es negro y ruidoso
Toda la tarde sintiéndome dentro de un ataúd
Pensando en cuánta gente me llorará
Cuánta gente sentirá mi pérdida como algo personal, insuperable.
Cuántos bromearán como yo lo hubiera hecho
Cuántos me recordarán por mis defectos y no solo por mis virtudes

Toda la tarde
Pensando cómo sería el mundo sin mí
Quién se encontrará frente a este móvil
descubriendo mis secretos más vergonzosos
Las conversaciones en bucle
Mis miserias
Te olvidarás de ellas para poderme llorar?
Te arrepentirías de algo?
Qué podrías haber cambiado tú por mí?

Horas imaginando tu tristeza
Como una recompensa
Morirme para verte sentir algo
Para enterarme de una puta vez
Que la gente me quiere
Y que
En este apagón
Todo parece más oscuro de lo que es
Pero volverá la luz

Y tú?
Volverás tú?

viernes, 27 de septiembre de 2019

Como una ballena.




Odio que mi manera de amar
sea más una guerra que una tregua,
que vea belleza en las trincheras
y libertad en un puto tiro en la sien.
Siento que todo en mí sea tan convulso,
intenso y desproporcionado.
He intentado querer en voz baja muchas veces
y es lo mismo que ver nadar a una ballena
en una piscina de jardín:
ridículo, forzado y triste.

He llegado a pensar
que debo ser el común denominador.
Que soy el único culpable de que las cosas
nunca funcionen.
Que dinamito los cimientos
uno a uno
para que no quede ni rastro
de por qué nos amamos tanto
y de qué maneras.

He llegado a pensar
que soy un psicópata.
Que carezco de emociones
y que me gusta incomodar
porque es la única manera 
que tengo para sentir
que vivo.

He llegado a pensar
que no merezco a ninguna de las personas
que me quieren desinteresadamente,
que soy un capullo y un malagradecido
y no entiendo cómo la gente sigue a mi lado.

He llegado a pensar
que nada nunca estará a la altura
porque llevo toda la vida aspirado
a algo que no existe,
intentando conseguir cosas que soñaba
y sintiéndome un puto desgraciado
porque los sueños,
eso son.
Y la vida,
eso es.

He llegado a pensar
que me gustaría incendiar mi cerebro,
hasta que todo sea cenizas
y poder dejar de pensar,
y de sufrir,
y de estar mal.
Incendiar cada pensamiento
y regalarte su fuego azul y blanco,
para que veas de lo que soy capaz por ti.

He llegado a pensar
en cuánta gente lloraría por mí en mi funeral.
Y tú también.
Pero es incomodísimo vernos reflejados en
cosas tan desagradables.
Y he pensado que yo me enfrento a estas cosas
día tras día.
Un muro enorme de lamentaciones
se despierta junto a mí cada mañana.
Y por más que trabaje en ello,
en derrumbarlo,
en cambiar las losas de lugar.
El mundo nunca dejará de quejarse.
Y este muro nunca dejará de pesarme.

He llegado a pensar
en lo injusto que es sentirme culpable
por todo
continuamente.
En lo difícil que me es hacer las cosas bien,
conformarme,
querer tal cual,
querer sin peros,
amar sin lucha,
sin guerras,
sin treguas,
ni heridos
ni bajas permanentes.
Amar como se ama
en los dos segundos de sueño
antes de despertar:

como una ballena en mitad del océano.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.