viernes, 21 de enero de 2022

Brunch.

 

Ceniza en el café con leche. Tras los barrotes verdes y oxidados de la ventana del baño veo la luz. No metafóricamente, esa hace tiempo que se disipa y cuesta distinguirla. La luz del sol de invierno cayendo blanca tras las esquinas de mi casa. No quiero salir, creo. Me está dando tiempo para desenredar nudos, explicarme cosas a mí mismo, de por qué soy cómo soy. Estoy descubriendo el escondite de mis monstruos y no me dan tanto miedo, porque los entiendo. He deseado una veintena de veces poder salir y meterme de todo. He deseado drogarme y beber hasta morir. Me miro en el espejo y asumo que éste soy yo, y con estos mecanismos disfuncionales cargo. Es mi penitencia ¿Lo es?

Tengo derecho a: arrepentirme, equivocarme, darme cuenta de que no estaba preparado aun.

Me rapo mirándome a los ojos y por un momento pienso, quién es ese que está ahí. A veces disocio. No es algo que se termine de ir del todo por no tener tetas y sentirme guapo. Me miro y espero que a otros compis trans les pase lo mismo para poder compartirlo. No me quiero sentir solo en esto. Me miro y por un segundo de reloj creo que hay una persona disfrazada, soy capaz de verme detrás de la barba y pienso ¿a quién coño vas a engañar?. ¿Sigue siendo eso disforia? Qué manera sutil y despiadada tiene de hacerme empequeñecer y cómo es posible que siga existiendo, serpiente asquerosa, pensé que la habíamos matado. Pero ya ves, hay cosas que nunca dejan de impregnarnos el cráneo de oscuridad.

Ceniza en el café con leche. Sigo pensando en la imagen del espejo que me grita que estoy disfrazado y que hay alguien anterior y más poderosamente inseguro detrás de la barba que yo. Detrás de las cicatrices, a veces sigo viendo lo anterior. No claramente, no intensamente, es como una bruma desagradable que me recuerda que, para bien o para mal, estoy herido de por vida. Me miro y conecto con otras cosas a las que ando dando vueltas estos días. ¿Desde cuándo me bloqueo emocionalmente de esta manera? Es cosa del tipo del espejo, el de la barba. Es cosa de la testosterona o es que literalmente no puedo más. Literalmente, se me hace ingestionable sentir tanto. Le digo que me tengo que sentar a desgranar mis emociones porque me cuesta mucho. Lo que no le digo es que primero tengo que sentir algo. Estoy harto de esto, creo. De colocar una pieza y que mire al otro lado y solo vea montañas y montañas de piezas de puzzle, y a mí no me gustan los putos puzzles. Le digo, y no es mentira, que tiendo a filtrarlo todo como enfado y rabia. ¿Y si realmente es eso lo que me pasa? Y si no hay ninguna otra emoción más ahora mismo. Me miro en el espejo. Siento que soy una bomba de aproximación. Otra de relojería. Una mina. Que mi naturaleza duerme hasta que PUM, de pronto necesito destrozarlo todo. Y este monstruo es veterano ya. No le tengo miedo porque lo conozco bien. Pero es el hijo de puta más difícil de controlar. Se sube a mis hombros y empieza a respirarme ideas al oído: quiero drogarme, quiero llamar a mi hermano y pegarme una noche entera hablando y metiéndome coca con él. Quiero beber y dejar pasar los días de resaca. Quiero todo eso que odio y detesto. Suerte que estoy encerrado y que hay otras voces que me dicen otras cosas. Sería aun más fácil comunicando que me está pasando esto. Que estoy bloqueado y necesito descongestionar pero nada me sirve. Nada me funciona. Necesito llorar y sentir dolor ¿Dónde se consigue esto?

Ceniza en el café con leche. El sol entra naranja en casa, siento paz. No quiero irme, no quiero salir. Y tampoco quiero que absolutamente nadie entre. Nadie más. Eso dice mucho ahora mismo, supongo. Pienso en el chaplón, que debió ser difícil lidiar conmigo hace dos, tres años. Que discutir conmigo debía ser desgastante, exasperante. Me gustaría escribirle una carta o que me leyese el pensamiento y escuchase mis disculpas. Lo dejo por aquí escrito porque si un día, de casualidad... Quiero que sepas que te entiendo. No es fácil lidiar con la ansiedad del otro. Perdón por no haber parado cuando debí hacerlo. Perdón por hacerte cargar con mis inseguridades. Creo que ya estamos en paz. Nunca estuvimos en guerra. Siempre nos vamos a querer. Pero eres tan lejana que supongo que le hablo al recuerdo que tengo de ti.

Ceniza.

No estaba preparado. Me quise convencer porque yo también quería una mano sobre el lomo. Pero ya no quiero. Me cuesta pensar que no soy un caprichoso. Yo jamás amé con miedo. Jamás me planteé tirar la toalla, jamás contemplé el derecho a arrepentirse porque o todo o nada mijo. Y yo o amo o nada. Lo demás es yo engañándome. Yo cerrándole la puerta en las narices a mis monstruos. Yo replanteándome si la culpa de mis fracasos amorosos soy yo y nadie más que yo. Este que se mira en el espejo y sabe perfectamente lo que es amar. Y a quién no ha dejado de hacerlo. Y que no sabe si dejará de hacerlo. Pero que le da igual. Lo único que le importa es que, mírame, mírame bien, sigues amando otro lugar donde no estás ahora. Y digo lugar, porque son las costumbres, los colores, los sitios, las canciones. Ni el del espejo ni tú. No amas al deforme, no amas a la huidiza. Ahora si que deberías sentarte a desgranar, qué cojones es lo que amas tanto y que te cuesta tanto decir adiós. Esta frustración. Esta frustración no tiene nombre ni apellidos. Tiene pulpa y es una fruta. Lo sé porque cuando consiga vencerla seré aun más poderoso que hoy, que miré la disforia a la cara y le escribí dos párrafos aceptando que íbamos a tener que ser compañeros de viaje toda la puta vida.

Café con leche.

Cuando no sé que hacer, hablo. Abro la cremallera y dejo que entren. Y eso es cojonudo. Sentir que puedo ser vulnerable con algunas personas es respirar hondo en mitad del bosque y sentirme libre. Por eso estoy escribiendo esto. Porque sé que no estoy solo. Sé que me pueden entender. Y sé que tienen maneras de hacerme ver las cosas espectacularmente mejor que la mía, a veces. No sé. Rectifico una sola cosa de todo esto: sí quiero que entren a casa. Ustedes. Y que hagamos un desayuno largo o más conocido como Brunch.

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