sábado, 18 de abril de 2020

Los días azules

Los días azules son tuyos,
me los robaste el día del tornado,
el día de los besos ácidos,
besos fotovoltáicos,
besos de encierros voluntarios
de 48 horas.

El mar duerme tranquilo
como un gato enorme
respirando despacio,
profundo.
Las montañas se llenan de velos,
suenan campanas de boda,
nacen barcos en sus faldas,
el café anuda fuerte
los nervios a mis entrañas.

Desde entonces,
todos los días azules
son tuyos y nuestros,
lamiéndonos las pupilas
amargas,
contándonos nanas para no dormir,
esperando pacientes
a que se nos pasara
para hacer arder la piel
como fósforos
de llamas azules.

Las islas flotan como nenúfares,
escribimos haikus en el aire,
acumulo tu sudor,
azules los días de besos a escondidas,
tímidos,
excitantes,
de besos donde te agarro el culo,
donde todo se para
y puede una respiración tuya
ser más tornado
que el de aquella máquina
de hacer desastres naturales.

Últimamente
todos los días son azules,
y todos esos días son nuestros,
pacíficos y drogadictos,
de sexo a las 19:35,
de jugar a la intimidad sin conocernos,
de no tener ni puta idea de las consecuencias
de un amor azul
incandescente.

 Como el fuego.
Amor azul.

lunes, 6 de abril de 2020

Guerras



Nunca he vivido una guerra. 
Desde el sillón de mi casa, cómodamente, mientras presto atención a otras tres mil cosas a la vez, supongo que sí que las he vivido. O desde una mesa llena de comida caliente, mientras importan más las pequeñas desavenencias del día a día que, en un lugar del mundo la gente se esté matando. Literalmente. Donde no existen pequeñas cosas. Supongo que sí. 
Pero todos sabemos que no. 
Y sabiendo lo demagógico del asunto, casi prefiero vivirla ahora mismo, a tener que soportar un día más el bombardeo incesante de mi cerebro. 
Me estoy volviendo loco. Loco loco loco loco. Pero no tan loco como para no darme cuenta y no hay nada peor que ser conscientes de nuestro propio sufrimiento. Saber que tenemos todas las piezas para funcionar adecuadamente y aun así, no encontrar el momento ni el lugar para darle cuerda a la maquinaria y ponernos en marcha. 

Nunca he vivido una guerra. Tienes razón. 
Pero desde que tengo memoria lucho constantemente por sentirme libre en un lugar que no me corresponde. Malentendiendo las banderas blancas y los brazos tendidos en forma de ayuda. Cavando trincheras porque ya lo dije una vez, yo no sé querer; al menos no de la forma en la que la gente quiere. Y construyo trincheras porque están más cerca de los hoyos, y de los agujeros, y de los pozos en los que siento que caigo cuando algo no va bien. Y nada va bien ahora. 

Nunca he tenido que irme de mi tierra. 
Pero he echado de menos muchas cosas teniéndolas al alcance de mi mano. He levantado muros terriblemente infranqueables construidos de orgullo y pensamientos negativos. Y que yo nunca seré suficiente, y que la culpa la tienen los demás, y que la culpa solo la tengo yo, y que no me quieren. Al menos no como yo quiero que me quieran. Y que yo no sé querer, ni sé cómo quiero que me quieran. Y que nada es suficiente. Que ni para ti ni para mí nada será suficiente. Y qué no valgo nada. Y que tú en realidad deseabas que fuera de otra manera. Tú en realidad te arrepientes. 

Nunca he tenido que ocultarme durante meses en el sótano de nadie. 
Pero me he acostumbrado a ocultarme constantemente, hasta cuando me sentía a salvo, bajo esta ilusión de seguridad, la gente ha sido demasiado benevolente conmigo, podía haber acabado tan hundido, tan en la mierda. Bajo esta irrisoria autoestima dañada, construida mal, y reconstruida peor. Siempre transmito esa sensación engañosa. Es mi culpa y es mi problema. Algo estoy haciendo mal. 

Nunca pasé hambre. 
Pero por más que busco solo encuentro vacío entre mis tripas. Nada me llena. Todo es incertidumbre. Y cuando llegue allí, qué será lo próximo que me vaciará. De qué tamaño será el siguiente agujero negro. Por más que engulla, nada es suficiente para mí. Soy incapaz de ser feliz. Incapaz de hacer nada sin compararme. Sin necesitar aprobación. Sin sentirme ridículo constantemente. No sé cómo ser feliz. Me es muy fácil mantenerme abajo. Cavar aún más profundo el hoyo. A veces siento que llego al núcleo. Que puedo quemarme, pero sigo siendo capaz de gritar auxilio cuando le veo la cola al diablo. 
Nunca he visto a mi gente morir, 
no he perdido nada, 
lo he tenido siempre todo 
y aun así siento que mi cerebro es Palestina, Siria, Afganistán, Corea del Norte. 

Y las soluciones son bien limitadas: trinchera y muerte, huir y olvidar, esconderme y esperar. 
Y de ninguna de las opciones se sale impune. 
Siempre habrá algo que nos recuerde, 
que somos débiles, 
que somos prescindibles, 
que no merecemos lo que tenemos, 
que otra persona lo habría hecho mejor. 
Siempre habrá alguien que nos recuerde, 
que en cualquier guerra es todo un sálvese quien pueda. 
No quien quiera.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.