martes, 12 de junio de 2018

Estar en la mierda.





Tengo el pecho lleno de hogueras
y gente bailando a la luz de la luna
y una marea que se balancea
y arena entre los dedos de mis pies
y una ristra de fuegos artificiales
quemando mis pupilas.

Tengo gatos ronroneando entre mis manos,
carreras ilegales de coches en mi cerebro,
un montón de canciones en mi estómago,
los párpados desgastados de tanto mirarte,
y la lengua llena de abrazos y saliva.

Un centenar de haikus
hablando solo de tu pelo negro,
poemas amontonándose para
ser leídos después de hacerlo lento,
mis pensamientos durmiendo sobre tu pecho,
dioses muriendo de envidia
y un millón de planes en la despensa.

Tengo a Kanye guiñándome un ojo,
aterrizajes de emergencia en la panza de mi gato,
flores de colores en mis lagrimales
porque te están celebrando,
y un viento que vuelve cuerdo a los más locos.

Tengo poco tiempo y muchas ganas,
litros de sudor compensando borracheras,
ganas de perder el control
y estrellarme contra tu boca
y decirte burradas de esas que asustan,
tengo almendros en flor entre las piernas,
tres suspiros por cada diástole,
paros cardiacos para regalar
en cumpleaños felices.

Tengo tu cara entre mis manos,
desayunos a las seis de la tarde,
la suerte del principiante columpiándose
entre tus dientes,
un cuadro de tus pies para no olvidarme
de que si quieres puedes joderme,
lluvia para unas cuantas riadas,
granizos para abrirnos la cabeza a brechas,
primaveras que se acaban
tú y yo abrazando la noche aullando.

Tengo escamas y me zambullo,
prisa por que vengas,
tristeza de verano en la ciudad que nunca duerme,
una correa de perro que diga que soy tuyo,
Frank cantándonos desde el salón
mientras gritas todo lo que quieras
todo lo que puedas,
un me gustas por cada vez que me achante
y mis dedos clavándose en tu piel siempre
que me de miedo quererte de más,
por lo que pueda pasar.

Te tengo
a ti,
redundantemente,
pegajosamente,
infinitamente.

domingo, 3 de junio de 2018

Madrid.






Tengo ganas de ti
y no.
La gente es esclava de tu piel
y reptas como una serpiente,
engullendo todo lo que parece brillar
un poco por sí mismo.

Viviría colgada de tus colores
porque hasta con eso manipulas
a tu antojo
el amor que se te pueda tener.

Me haces echar de menos
más de la cuenta,
lugares, pieles, olores,
y a cambio me anestesias con
ajetreo y facilidades.

Planteas una vida moderna
autónoma y casi automática,
a pesar de vestir,
la mayoría de las veces,
un gris anticuado,
casi de postguerra.

Las cosas que más he querido
viven o han vivido en ti,
quizás por días,
tal vez por años.
Yo siento haber sobrevivido
a un siglo de distancias,
odiándote,
odiándome.

Ni la poesía sabe igual en tus labios,
ni la cerveza me ayuda a digerirte mejor.
Fui otra persona cuando me abrazabas
¿Qué pasará ahora que nos volveremos a encontrar?

Intento ponerle una sonrisa
a ese billete de avión que aun no
me he comprado,
pero siempre consigues arrebatarme
lo mejor
en el momento más desafortunado.
Sé que me esperan abrazos y amor
pero también estar solita,
sin siete kilos de amor entre mis pies
al irme a dormir.

Tú vives tranquilo sin saber
a qué huele Benijo,
compras café horrible
y nunca duermes escuchando el mar.
Alejas a la gente,
nadie sabe quién es el nieto de fulanito,
ni por quién replican las campanas hoy.

Quizás sea por mí.

Me matas
y me das la vida.

Te extraño y te detesto.
Te necesito porque eso pasa con las drogas.

Que nos consumen
pero qué gustito,
y qué bien se vive aquí,
y qué bueno volvernos a encontrar.

Siempre con la mente en otro lugar,
en ti uno planea con el verbo
volver
entre los dientes.

Has dejado huérfanos
a un millón de planes por hacer
y vuelves a reconectar dudas absurdas
sobre si se olvidarán de mí
las paredes de mi casa,
mi cama,
mi gato,
su piel,
mi piel.

Y lo peor,
me secas la nariz
hasta sangrar

Hijo de puta.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.