Corro rápido
para que la tristeza
no me alcance,
pero me canso rápido.
Hace frío polar,
y el vaho de mi boca es el único
que llena esta habitación.
Últimamente solo pienso
en que todos se marcharán
uno a uno
y dejarán a este inadaptado que soy yo
solo, solito, solo,
y ya no habrá más prórrogas,
ya no vendrás a salvarme
de mí,
no vendrás a ver cómo me destruyo
de cien mil maneras distintas,
como lo destrozo todo
a base de decisiones mal tomadas.
Corro rápido
para que no me alcances,
para que la velocidad
dibuje una sonrisa falsa
en mi cara,
para huir de lo que pienso
cuando te pienso.
Corro bastante más rápido que antes
pero me duelen los pies y las manos,
y estoy cansado de no tener a dónde ir.
Y es entonces cuando no tengo nada que hacer
y me acuerdo de tus pies apoyados en los míos
antes de dormir.
Y me acuerdo de tus diminutos dedos
acariciándome la nuca,
de cómo te agarrabas a mi brazo al andar,
pero también,
de cuando llorabas en mi coche,
de cuándo lo estropeé todo,
de cuando la calma era el preludio a
la tormenta que suponía no entendernos.
Corro rápido,
te lo prometo.
Cuesta arriba
lo más arriba que puedo.
Solo por si se diera la casualidad
y me vieras.
Mira qué alto
mira qué escaleras,
mira qué solo que estoy.
Corro rápido porque
no te quiero pensar más.
Y cuando apareces
rompo el móvil,
y sudo ríos.
Cuando apareces se me rompe
el corazón en tantos pedazos
que ya no tengo nada más
que puedas romper.
Y aun así,
corro porque dueles,
y si pudiera llorarte,
lo haría.
Pero no puedo.
Porque siento que
irme ha sido un alivio para ti,
porque tienes tiempo de sobra,
de nuevo,
porque ya no tendrás que ocuparte
de entenderme,
porque ya no te sentirás cansada
de no estar a la altura.
Y yo mientras,
mira qué escaleras,
ojalá pudiera alcanzarte.
Pero el secreto está
en que corriendo no se llega a ninguna parte.
Al menos no donde tú estás.
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