domingo, 31 de diciembre de 2017

Último poema del año.


Hay una isla en la que siempre seremos nosotras,
surcando el miedo de la mano,
sonriendo para que yo pueda tocar una serenata
en cada diente
de esa sonrisa que mata.

He ido saltando balcones
porque era un gato y las vidas que me sobraban
no eran contigo,
he maullado durante un millón de años
para que lamieras mis heridas callejeras
y
me he sentido tan enferma que no he sabido
pedirte explicaciones.

Yo te daré las mías:
te quiero tanto
que en el incendio imaginario
de tus hipótesis
yo solo tendría ojos para ti.

Surcaría este mar solo si tú me lo pidieras.
No me quiero imaginar una sola tristeza
haciéndote llorar.
Eso es amor, creo.
Lo pudimos hacer mal.
Pudimos haberla jodido una y mil veces
pero a estas alturas,
en este último balcón,
creo que no he podido amar a nadie como a ti.
Con esta necesidad de verte feliz,
de protegerte hasta cuando era yo quién más lo necesitaba.
Un amor construido, derribado y vuelto a resurgir,
un amor que duele ahora
cuando el tiempo me da una tregua
y resuenas en mi mente.

¿Qué pasará ahora que no nos tenemos?
¿Qué haré con el café que sobrará del desayuno?

Estate tranquila,
siempre estará esta isla
en la que reímos felices,
descubrimos nuevas maneras de molestarnos
y apostamos cosas absurdas.
Yo estaré tranquila,
sé que gané en el juego de quererte,
aunque me riñas por ser tan así.
Quiero que sepas,
que solo compartiría mi soledad contigo,
porque
me gustaste desde el primer día
que te cruzaste en mi camino,
y no imagino un mundo,
una isla,
un segundo
en el que dejes de hacerlo.

Te quiero
desde esta isla que te mira a lo lejos


y te extraña.

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